El
escritor Julio Cortázar sentía un gran interés por los antiguos escritores clásicos. Fue
fundamental la presencia del profesor argentino Arturo
Marasso, quien lo incitó a leer, prestándole frecuentemente libros
de su propiedad. Un punto de inflexión juvenil en su manera de escribir se
debió al libro Opio: diario de una desintoxicación de Jean Cocteau,
que fue uno de sus libros fijos de cabecera. Cortázar sostuvo así desde su
juventud una gran admiración por la obra de este autor, así como por la de John Keats,
que continuó siendo con los años uno de sus poetas favoritos.
También, sintió una gran admiración por la obra del argentino Jorge Luis
Borges, una admiración
que fue mutua pese a sus insalvables diferencias ideológicas.
Sus gustos literarios eran muy amplios, y sentía
una especial atracción por los libros de vampiros y fantasmas, lo que debido a
su alergia al ajo,
era motivo de bromas por parte de sus amistades.
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